Vuelta al mundo - Mauritania-Marruecos 2011
 

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Should you fancy the tale of Rakal and Makal, do search one of these words down there…

Un viaje muy diferente a todos los que hemos hecho hasta ahora. Nos ha llevado al país más "tecnológicamente simple" (por evitar la incorrección política de "tercermundista") que hemos visitado nunca: Mauritania. Curiosamente, es también un país más orgulloso que Marruecos, que a su lado —pese a todos sus retrasos— es un claro "primer mundo". Los mauritanos son amables, risueños y negociantes, pero no te piden dinero a cada paso y por cualquier cosa como hacen los marroquíes de las ciudades (no en el desierto ni en el sur —el sáharui occidental es, por su carácter, muy parecido al mauritano, y antes que pedir prefiere dar—).







Siete horas y media tardamos en cruzar la frontera entre Marruecos y Mauritania: tres horas para sortear el caótico laberinto de puestos fronterizos e inexplicados vericuetos burocráticos de Marruecos, cuatro horas para sobornar a los polis de la frontera mauritana (los únicos que se dejan el orgullo en casa en cuanto ven a un occidental) y cabalgar por el magma informe, incomprensible e interminable de chamizos policiales y militares donde hay que registrar el pasaporte, declarar el coche, sacarle un seguro totalmente abusivo e inservible, pero indispensable, dejarte guiar por el desaprensivo "guía de frontera" que menos indigno de confianza te parezca, volver a la casilla de salida, bregar con un negro retinto que te dice que el visado caduca el día que entras (cuando claramente pone que es el día en que inicia su vigencia) sin que haya nadie que pueda sacarle del error… En fin, un calvario que sólo la emoción de entrar en un país nuevo e indómito te permite superar con ánimo.



La media hora restante la necesitamos para salvar los tres kilómetros de pista infernal, apisonada por el sol y bordeada de carcasas de automóviles mauritanos, marroquíes y europeos que separa un descontrol de otro. Hay que poner buen cuidado en no dejarte los bajos del coche en una de las rocas bruñidas por los neumáticos e incrustadas en la arena… Ni con un coche como el nuestro —probablemente el más todoterreno de todos los todoterrenos— es fácil capear este temporal de pedruscos, hoyos, cuestas, bajadas, curvas y pedregales. Y no conviene salirse, porque, entre otras cosas, está salpicada de minas en todo lo que no sea la calva que específicamente han excavado las ruedas de las decenas de coches, 4x4s, autobuses y trailers que transitan por esta desangelada copia del purgatorio de Dante…

La historia que os vamos a contar ha cambiado nuestra forma de ver las cosas; o dicho de otro modo: ha eliminado de nuestra mente un montón de residuos románticos ilusorios y nos ha dejado sentados y atónitos en la dura roca del mundo real… El romanticismo está bien para las relaciones de pareja, pero la vida es otra cosa. Hemos visto circunstancias que dejan poco espacio al romanticismo, que te borran la sonrisa de buena conciencia que te fabricas desde tu país, y aún en los inicios del viaje, pensando que tus 20 bolígrafos y tus 60 barritas energéticas van a solucionar algo entre los niños que pastorean el Atlas marroquí y que se lanzan a correr descalzos por quebradas erizadas de piedras para interceptar nuestro coche y pedirnos ansiosa, desesperadamente, un dirham, una camiseta, un "bombon", unas zapatillas… algo… Al fin y al cabo nosotros somos ricos, vamos en un coche que ni en tres vidas se podrían comprar y llevamos en él cosas que a nosotros nos parecen anodinas —un hornillo viejo, latas de atún y de sardinas, de alubias, de guisantes y de judías, un par de sacos muy trillados, ropa corriente, para viajar, zapatillas de deporte, chanclas para el agua, un poco de chocolate, pan, azúcar, café en polvo, 20 o 30 litros de agua mineral, un par de gorras, la máquina de fotos…—; tesoros que ellos ni siquiera barruntan con una camisa andrajosa y un palo por todo capital —las ovejas y las cabras no son suyas, sólo van con ellos…—.

Pero qué podemos hacer… En cuatro días hemos dado todo lo que habíamos traído como equipamiento "humanitario"… Menos que una gota en el océano… Al final, después del paso de Tizin Test, una pista de montaña muy, pero que muy seria, optamos por huir miserablemente tras dar nuestra última barrita a un espabilado chiquillo que se aferra a la ventanilla del coche y nos regala el dato de que faltan cinco kilómetros para llegar al asfalto… No está mal… Llevamos setenta de subidas y precipicios con el coche a diez por hora… No, no vamos a salvar el mundo… Nuestro poder es minúsculo… ¿¡Pero qué nos habíamos creído!? Impotentes espectadores de la miseria ajena en un paisaje sobrecogedor… Tenemos que hacer algo, ¿pero qué? Bueno tenemos un plan. Y por lo pronto vale que os animemos a visitar estas tierras. De gotita en gotita, algo haremos. Aunque solo sea cobrar conciencia de nuestra propia dimensión…








En cuanto a Mauritania, vamos a empezar diciéndoos que no es tan inseguro como dicen. Jamás os fiéis de la "información" que dan las páginas de los Ministerios: los europeos sólo quieren que sus ciudadanos se muevan por los circuitos establecidos, que no vayan a países difíciles, que no den problemas… Los niños en casa, a cargo de alguna buena canguro… Ésa es nuestra "libertad"…
A lo que íbamos: Mauritania se puede visitar desde ya (julio de 2011); no hay Al Qaedos a la vista, la gente es amabilísima (y yo diría que buena, en el mejor sentido de la palabra, ése que por aquí ya hemos olvidado o pensamos que se aplica únicamente a los padres, las madres y la familia más cercana), se puede comprar comida y agua en Nouadhibou y los paisajes son de lo mejor que podáis encontrar en África y quizá en el mundo…

 
 


Esto no quiere decir que no haya que tomar alguna precaución. Personalmente pienso que un buen guía es imprescindible, sobre todo en una primera visita. Os pedirán un dinero impresionante (porque los estúpidos suizos y alemanes que van por allí, pagan sin rechistar la primera cifra que les sueltan —y digo "estúpidos" porque nos encarecen los precios a los demás, que no tenemos, ni mucho menos, su bolsillo (soy egoísta, lo sé; por lo demás es bueno que los guías locales ganen dinero, como ya os contaré, tienen más de una buena sorpresa en el caletre y pueden mover más cosas de lo que nos imaginamos para sacar adelante a su propia sociedad)—).
Como decía, nos pidieron 100 euros al día, lo que es una burrada, pero regateamos y lo rebajaron sin problemas a 50, que tampoco está mal. Pagamos en total 350 euros por 8 días —no les importa alargar un día o dos más la estancia si ven que no es por abusar, ya nos lo dijeron al "negociar", y en nuestro caso tuvimos una buena razón para descansar un día entero en Chinguetti—.




 


Quizá os interese saber que el presupuesto anual de una familia media es justamente ése, unos 350 euros, de modo que Fadel, nuestro guía bereber, hizo el año en ocho días… Pero se lo mereció… Creo que es de los mejores guías que he conocido: amable, considerado y hasta cariñoso, una bellísima persona… Por no hablar de que conoce el desierto como la palma de la mano. Con él nos atascamos unas 3 o 4 veces en todo el desierto… Sin él habrían sido 15 o 20, y no habríamos salido en menos de 5 minutos… Además, por mucho GPS que lleves (no se nos da demasiado bien orientarnos con él todavía), es muy fácil perderse con las trazadas, ignorar que para recorrer los setenta kilómetros de marée basse que te llevan a ochenta por hora por una playa bordeada de dunas y salpicándote las olas por encima del coche tienes que conocer la tabla de mareas (u orientarte la noche anterior por la luna, como Fadel) para que el Atlántico —ese fantástico Atlántico cálido y turquesa en el que te vas a bañar a la hora de comer, aparcado junto a una gran duna amarilla de unos diez metros de altura, con toda la puñetera playa para ti—, para que el Atlántico, digo, no te lleve el coche con la pleamar, atrapado como estás entre el agua y la pared de arena…
 
 

Personalmente puedo recomendaros una dirección de internet para que podáis contactar con alguien que os ayudará en todo: desde cruzar la frontera, que como ya he dicho no es moco de pavo, hasta conseguir guía, cambiaros a muy buen precio los euros en ouguiyas o invitaros a una cena a base de pescado (si quereis marisco, lo encontraréis inmejorable, pero en ese caso tendréis que pagarlo, aunque los precios de una langosta son tirados si los comparais con los europeos —y el género… bueno, de primera es poco…—. Este mirlo blanco con cara de hurón se llama Artouro Mohamed y podéis consultarle con toda confianza en www.atarexpeditions.fr/ o escribirle directamente al siguiente correo electrónico: artouromohamed@yahoo.fr    Él os pondrá en contacto con Fadel Habib (conocido como "le petit Fadel", porque es bajito y sucede a otro Fadel, más alto, que ya está retirado): el guía de que os he hablado —os digo con toda franqueza que es de lo mejor que podáis encontrar jamás—. Os lo presento:


 
Aquí Fadel… aquí unos amigos… Podéis saber algo más de él en: vueltaalmundo.es.tl/AMIGOS.htm
(busca "Fadel"), por ejemplo su correo electrónico.


Como diría Karen Blixen, la autora de Memorias de África, creo que me he adelantado a mi historia…, porque el viaje empezó en realidad en Marruecos. Entramos por Ceuta, llenamos gasoil, y cogimos una larga carretera en obras —en realidad una pura pista de montaña— hasta Al-Hozaima (Alhucemas). De ahí bajamos por el desierto, es decir, por el interior, hasta llegar a Merzouga y sus dunas y coger los 130 kilómetros de pista arenosa que desembocan en las soledades lunares del lago seco de Iriki, durmiendo en Foum Guiz.
En Merzouga os podemos aconsejar un albergue, el de Alí el Cojo: no es caro y tiene de todo, hasta piscina —a 46 grados a la sombra os aseguro que es un lujazo—.





En Foum Guiz encontramos otro albergue de calidad, acogedor y muy interesante. Lo llevan dos cuñados jóvenes muy amables y cultos… Nos enseñaron un espléndido libro de fotografías de mujeres judías de la región del Atlas y nos pasamos media tarde pasando las láminas… Comimos tajin de pollo y nos regalaron un par de fósiles de trilobites (son muy comunes en esta zona).









Lo mejor de todo fue charlar con ellos y enterarnos de que aprecian a los judíos y se llevan bien con los que viven por los alrededores (diferencian perfectamente entre los judíos en sí y el estado judío, que es el que lleva 50 años machacando a los palestinos… Si alguien pensaba que los árabes eran "cerrados", o que el conflicto árabe-israelí les había llenado de odio aquí tiene una de las muchas muestras de apertura mental que habrán de sorprenderle). Si quieres contactar con ellos, su hotelito se llama Auberge Restaurant l'Oasis.

……………


Hoy hemos dado nuestros últimos termalgines (o casi). Aquí en el Marruecos desértico los medicamentos occidentales se cotizan más que el dinero. Ayer pagamos la visita a un Casar y mezquita de los Atlas con varios antiácidos —a petición del propio encargado de hacer la visita—. Mañana un simpático y vivaracho sesentón nos interpelará en lo alto de un collado de 2.240 metros pidiéndonos algo para el ardor de estómago. Parece que todo el mundo se está preparando para el inminente Ramadán dándose atracones de tajin de cordero… Le damos un par de Pepsamares, se toma uno, y nos invita a un té en el bar de la antecima, que tiene unas vistas impresionantes. Allí, más allá del borde de la carretera, incrustada en una basta plataforma de cemento colgada en el vacío, se asoma una furgoneta naranja que obviamente ha conocido tiempos mejores. Me inspira simpatía el lugar. Imagino que el dueño del establecimiento, después de vagar por medio país haciendo sus honrados trapicheos, ha "colgado las botas" (y la furgo) en un gesto de reconocimiento sentimental hacia la máquina, convertida ahora en cobertizo de herramientas.
Nuestro anfitrión, que se llama Hassán, pide unas pastas para acompañar el té. Nos cuenta que lleva 40 años recorriendo Marruecos —a pie, en el estribo de una camioneta, en burro, en microbús o en tren— y que se dedica a las antigüedades: las rastrea por los pueblecitos de montaña, en las jaimas de los bereberes y en los zocos, donde desentierra viejas teteras, puertas de madera labrada, telares ruinosos, ruedas de carro inservibles, adornos de bodas olvidadas, aperos de labranza, espingardas roñosas… Aunque no todo le sirve, dice, porque conoce bien su oficio… Luego se dirige a Marrakesh o a Fez, llama a sus contactos locales, o a los anticuarios europeos a quienes nutre de género, y saca lo suficiente para continuar viaje. Es poco más o menos nuestra misma filosofía. Le vemos como un precursor, un enamorado de su país y un ferviente musulmán. Nos explica que debajo de cada brazo habita una especie de geniecillo: a la derecha Rakal, dedicado a apuntar las acciones buenas; a la izquierda Makal, señalador de errores, abusos, injusticias y faltas de caridad. Por eso hay que repasar mentalmente las acciones buenas antes de abandonarse al sueño, para que el demonio bueno tome cumplida nota de los méritos. Si no lo hacemos, será el diablillo malo el que rellene sus cuartillas y la balanza de nuestro destino se inclinará peligrosamente, noche tras noche, hacia el Baal.


ENGLISH VERSION

Today we have given our last Paracetamol (or almost). Here in Morocco desert, Western medicines are valued more than money. Yesterday we paid a visit to a fortified mosque of the Atlas with a few antacids, at the request of the manager himself. Tomorrow, a friendly and lively sixty-year-old man will challenge us on top of a 7,350 feet rocky outcrop. He would be asking something for heartburn. It seems that everyone is getting prepared for the upcoming Ramadan by binging on “tajine” lamb... We give him a couple of “Pepsamares”, he quickly swallows one, and invites us to tea at the small bar of the hilltop, which has stunning views. There, beyond the edge of the road, embedded in a cement platform hanging into void, rests an orange van that has obviously known better days. I like it. I guess the owner of the establishment, after devoting a life to his honourable tricks, has "hung up his boots" (and the van) in a sentimental gesture of recognition to the machine, now a tool shed. Our host, called Hassan, asks for some cakes to accompany the tea. He tells us that he has been tirelessly touring Morocco for over 40-years now, on foot, in the stirrup of old vans, jumping on donkey backs or on ruined mini-buses and trains. He is an antiquarian: he tracks old stuff in lost mountain villages, in the tents of the Berbers and in the most remote corners of the souks, where he unearths old teapots, carved wooden doors, wrecked looms, dilapidated wagon wheels, forgotten wedding bibelots, irreparable farm tools, rusty muskets and whatnot... Although not everything works, he says, because he knows his job well... Then he goes to Marrakesh or Fez, call his local contacts, or the antique-shop European owners he supplies, and gets money enough to pursue the journey. That’s more or less our own philosophy. We see him as a precursor, a lover of his country and a fervent Muslim. He explains that a kind of genie is camped under each of our armpits: in the right one, Rakal, recorder of the good deeds; in the left one, Makal, noting errors, abuses, injustices and lacks of charity. That’s why you have to mentally go over the good deeds before squeezing into sleep so that the positive devil may take due note of your merits. Otherwise, the bad daemon will fill up his pages and the balance of your destiny will lean dangerously, night after night, to the Baal.   

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