Vuelta al mundo - Europa del centro y del sur 2012
 

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     Este ha sido un viaje muy distinto a los demás. No sabría deciros por qué, pero ésa es la verdad. Quizá haya sido porque Europa es el continente en el que resulta más difícil viajar. Todo es propiedad privada, terreno particular, prohibido el paso, cuidado con el perro, paga por ver una cascada, paga por bajar a la playa (o baja gratis pero paga por la tumbona, que es obligatoria —o báñate en la puñetera esquina del fondo, donde va toda la mugre, que allí sí que es gratis—, autopista de pagátula (sin avisar y con recochineo, salvo en Austria y Francia, donde te avisan —y algunas partes de España, todo hay que decirlo—)… Dormir en la furgo se ha convertido una actividad clandestina; tienes que pagar hotel o esconderte de los gendarmes, de los perros, de algunas personas; el cafelito en una terraza puede costarte hasta 16 euros por dos capuchinos y dos pastas en Praga, tal cual…; aparcar olvídalo —y paga y agóbiate porque se te acaba el ticket en plena Coca-Cola y corre, corre, Deprisa, Deprisa, como la película, que te multan, con el gas de la bebida bailándote la conga en el estómago a 46 divertidísimos grados al sol—; mear es de pago, se acabó lo de colarse en los MacDonald y aprovechar el gentío para ir al baño (ahora hay una señora con mesita, calculadora y caja de cambios que te dice que hay que pagar 1 euro por visitar el Roca; y si consumes luego en el Mac, te lo descuenta —si no apúntalo a fondo perdido y punto—); paga por desahogarte en las gasolineras, los bares, las cafeterías, los restops… Pagar, pagar, pagar… Es la Europa unida en el saqueo bolsillil del ciudadano: lo que pagamos de impuestos, nacionales y europeos, nos da derecho a poco…

 

¿Entonces, por qué Europa? Bueno, porque no todo es negativo. Aunque a nosotros nos siguen gustando los países de libre circulación, como Mongolia, Europa es más «fácil» en el tema de higiene, medicina, seguridad, comida y proximidad cultural, lo que en un último «ensayo general con traje» —la prueba del coche con todo puesto: cama, frigo, cocinilla, mesa, ducha y demás— nos parecía dejarnos la mente libre para concentrarnos en el viaje en sí y en el manejo de los nuevos cachivaches. Acertamos sólo a medias.





    Europa es más sencilla que Mongolia o Botsuana porque no hay escasez de supermercados (ni poca variedad de comida), pero en casi todo lo demás es más difícil. Orientarse es más complicado, porque la oferta de carreteras es inmensa y además la red privilegia el uso de las de pago o las de larga distancia. Si quieres coger carreteras secundarias, terciarias o cuaternarias —las que preferimos, porque en ellas está el verdadero paisaje, la verdadera gente, los verdaderos precios y el verdadero viaje— entonces descubres que los Estados pasan de informarte. No hay turistas que usen esas rutas, porque ya no se viaja en coche, como hace 40 años. Hoy todo el mundo va en «lavadora» —paquete de detergente turístico agréguese-agua–y-listo, desplazamiento en avión con derecho a mirilla e itinerario pre-digerido; espontaneidad cero = control y negocio; el viaje libre no le interesa a nadie (salvo a los pirados como nosotros)—. Los mapas de papel están totalmente desactualizados (porque no pueden competir con los Tom-Tom; de los que pasamos de momento por la misma razón que huimos de las autopistas y nacionales, porque te aíslan de la gente y de la aventura; con ellos no hay contacto, no hay descubrimiento, no hay viaje: sólo «desplazamiento»…





     Gracias a eso hemos podido conocer la cara oculta y amable de Europa, lo que hace que resulte verdaderamente interesante. Ha habido mucha gente que nos ha ayudado a encontrar nuestra ruta. En muchos casos hasta se han desviado de su camino varios kilómetros para llevarnos al cruce definitivo… Era bastante habitual, hasta el punto de que al final le llamábamos «coger un taxi»; es muy de agradecer que un chaval de treinta años al que asaltas en un semáforo de Viena en plena hora punta te empiece a explicar, se corte en medio del jeroglífico de direcciones, y te diga: «¡Sígueme!»… Es una arreglada genial, impagable… Y eso es lo que buscamos, cosas que no sean de pago, comportamientos humanos, no transacciones…






     A falta de variedad de paisajes (la Europa central es un inmenso pinar y la del sur un encinar), el viejo continente tiene también rincones muy hermosos. Hay que saber encontrarlos o perderse con salero: Albania cuenta con un valle perdido, tipo Shangri-La, tras una pista de 65 kms y 10 horas por un paisaje de montaña increíble que te lleva a Vermosh… La gente es la más amable que hayamos conocido nunca en 50 y tantos países: te reciben con los brazos abiertos, te regalan pan, te invitan a un café, te preguntan cosas, quieren saber cómo eres, te advierten de que su bar no es el mejor sitio para cambiar dinero, que ellos no te van a poder hacer un buen cambio, que lo mejor es cruzar la carretera, enfrente, donde hay una tiendecita de ultramarinos, chiquita, en la que te cambian a precio de mercado negro… En los tiempos que corren, que te digan todo esto con el mejor afán didáctico, como quien le revela las verdades del barquero a un chiquillo resulta sorprendente; en Italia o en Grecia, por ejemplo, la cosa es muy distinta: te ven acercarte con cara de querer cambiar dinero y allí mismo, a cámara lenta, a cada paso que das para acercarte al mostrador para hacer la fatal pregunta, ves cómo el dueño va subiendo el cambio que te va a hacer, evaluando con precisión diabólica tu grado de pardillez para sacarte las mantecas… ¡Ojo con la amabilidad de los países «civilizados»! En Praga, hay calles enteras dedicadas al Exchange, con diez o doce localillos de cambio en cien metros de acera: ponen «Cambio a 24,40 por un euro», lo que no está mal y entras… Sin embargo, ésa es la tarifa para «grandes cantidades» —Y a partir de cuanto es «grande» una cantidad, preguntas cándidamente pensando que quizá puedas subir la apuesta de 20 a 40 euros—; «A partir de 2.500 euros» (!). La «ley» autoriza a estos «chorizos» a pagarte sólo 13 florines por euro si no les pillas menos de 2.500 euros… ¡Realmente enfocado para el viajero corriente, vamos! Y así sucesivamente…




     Además de agradable, Albania es preciosa. Hay pueblos que parecen sacados de la Edad Media, incluidas las moscas, la mugre y el pasmo cejijunto de algunos lugareños, pero es totalmente segura, y Tirana, por ejemplo, es asimilable a cualquier gran capital europea (incluso en las afueras). Es un poco años 70, pero hay plazas, parques, animación, un gran poso cultural, cafeterías, avenidas, puestos de salchichas, mezquitas del siglo XIII y minaretes con reloj… De Sarajevo os podría decir algo muy parecido. En Tirana y en Sarajevo hay dos pensiones que no hay que perderse. Las dos están en pleno centro de la ciudad y en la de Sarajevo —limpísima— hasta se puede plantar la tienda en un parche de hierba que hay dentro de la pensión. La llevan dos hermanos, uno de ellos historiador, con ideas muy claras sobre lo que fue el comunismo en su país —lo echan de menos—. Las habitaciones son impecables, con aire acondicionado, baño, ducha y hasta sitio para aparcar la furgo en lugar seguro. La de Sarajevo nos costó 25 euros y la de Tirana 30. En ésta última ni regateamos: la lleva una señora María encantadora que te recibe con un zumo de granadas helado y una gran sonrisa: te sientes como en casa; y eso es paradójicamente lo que más le templa el corazón al viajero…


 


      En Grecia están caninos con esto de la crisis. Encontramos en Atenas, a cuatro paradas de metro del centro, un hotel con habitaciones de 120 euros que, espontáneamente, y de entrada, te dejan a 45 la noche, o 40 tras el imprescindible regateo… La habitación impecable; el dueño del hotel un poema, una especie de Flavio Briatore amorrado a una teta menos productiva pero primo hermano suyo. Su mesa de trabajo, la de la Recepción, rebosa de papeles, ceniza, migas de pan, olímpicos aros de cerveza: la batalla de las Termópilas en maqueta, vaya… El tío es genial: despotrica contra «La Merkel» —que es la culpable de todo—, nos cuenta que se está arruinando, que el ayuntamiento le ha subido una barbaridad los impuestos, que no hay turismo ni trabajo ni futuro… Es un punky de sesenta años… Rebosa humanidad. Nos acoge bajo sus alas, nos invita a un refresco… Grecia es el desbarajuste de las cosas y un cierto calor fraterno —Alemania en cambio será el orden riguroso y militar de los objetos, la frialdad mineral de las personas: cada uno a lo suyo en un mundo geométrico… Personalmente me quedo con Grecia—.



 

     En Rumanía empezamos a ver pobreza. Habíamos estado hace 17 años, en el 95, y ya entonces alucinamos, pero en esa época sólo hacía doces meses que se habían cargado a Ceaucescu: no han mejorado nada, al menos en el sur. Si en Bulgaria ya habíamos visto barrios miserables, con ancianos semidesnudos haciendo hogueras en las aceras para calentarse la comida —y esto a dos pasos del centro, con un gran supermercado y un casino todavía mayor—, en el sur de Rumanía la carretera es una cinta mal asfaltada entre casas muy maltrechas, mucha suciedad y los pocos campos de cultivo agostados por falta de riego. A medida que subimos hacia el norte la carretera mejora y las casas también. Los girasoles están más lozanos, porque aquí sí que hay regadío, la gente viste mejor y se empiezan a ver, de cuando en cuando, villitas pretenciosas de profesionales liberales. Son todos muy amables. Nos miran como si fuéramos seres superiores, como veíamos los españoles a los franceses hace cincuenta años (aunque no queramos aceptarlo)… En Lainici nos dan posada y comida en un monasterio ortodoxo… Por unas horas nos sumergimos en la paz de un lugar mágico, de unos monjes que obran con un desinterés que no es de este mundo… Nos vamos de allí con un amigo nuevo y algo más de luz y esperanza interior.



Ésta es una lista actualizada de los precios de carburante en todo el mundo: pincha aquí.

Por cierto: acabamos de abrir un blog: visítalo en: vueltaalmundodebeaytom.wordpress.com/

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